Estaba loca, joder, estaba loca. Tenía en su cabeza una locura preciosa. ¿Cómo no iba a perder la puta razón por ella?

Apr 20, 2012

Y cuando ella se fue...

Hace poco más de ocho meses que ella se fue a otra escuela, que vive en otro lugar.
Al principio, lo acepto, me molesté con ella porque nunca me dijo nada; porque se fue, así de la nada, sin despedirse… Pero después lo pensé bien y comencé a creer que tal vez no dijo nada porque no quería eso, no quería despedirse. Y es que, la verdad, sé que, probablemente, yo habría hecho lo mismo.
Las cosas cambiaron cuando se fue, y no lo asimile en mucho tiempo. El primer día de clases fue cuando me enteré de que se había ido, y no quise creerlo. No sabía cómo sobreviviría sin ella. Me había acostumbrado tanto a tenerla cerca que no sabía cómo le haría para acostumbrarme a la idea de que ya no estaba en mi vida.
El segundo día, cuando me desperté, tenía la esperanza de que al llegar a la escuela la vería. Tenía le tonta esperanza de que ella iba a estar ahí, con su peculiar pelo negro, negro como el petróleo, cubriéndole totalmente las orejas. Tenía la tonta esperanza de que todo fuera un mal entendido, que no era verdad que se había ido… que estaría ahí como siempre.
Pero no, ella no estaba.
“Sólo quiero hacerte saber, amiga estés donde estés que si te falta el aliento yo te lo daré, si te sientes sola, háblame, que te estaré escuchando aunque no te pueda ver…”
Esa canción me recuerda mucho a ella. Ese día la escuché más de diez mil veces en la escuela con mi celular, y aunque me ponía triste, la repetí y la repetí y la repetí… y en una de esas me dieron ganas de llorar, pero me aguanté. No podía llorar. No podía llorar, de la noche a la mañana, en otro hombro que no fuera el suyo.

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